Memorias del Estrecho de Dinamarca
El océano también tiene memoria. Las masas de agua se forman en determinadas regiones, bajo unas condiciones concretas de temperatura y salinidad. Cuando posteriormente se desplazan por el océano y se alejan de su lugar de origen, no pierden inmediatamente esas características ya que la mezcla con las aguas que las rodean es lenta y, durante un tiempo, conservan una especie de huella de su lugar de nacimiento. Por eso, midiendo propiedades como la temperatura y la salinidad, los oceanógrafos podemos seguir su rastro y averiguar de dónde proceden y cómo se mueven por el océano.
Durante la primera parte de la campaña oceanográfica IMAGE hemos realizado un transecto de 20 estaciones a través del Estrecho de Dinamarca, situado entre Groenlandia e Islandia. En cada estación hemos desplegado una ‘roseta’ oceanográfica hasta 1500 metros de profundidad. La ‘roseta’ consiste en una estructura repleta de distintos sensores y botellas para recoger muestras de agua. Uno de sus instrumentos principales es el CTD (Conductivity, Temperatura, Depth), que mide continuamente la temperatura, la salinidad y la presión mientras desciende por la columna de agua. Estas medidas nos permiten obtener una especie de radiografía vertical del océano y reconocer aguas de distinto origen.
Aunque nuestras estaciones alcanzaron aproximadamente los 1500 metros, en las figuras que mostramos aquí nos vamos a fijar solamente en los primeros 200 metros, donde el contraste es especialmente llamativo. En el lado occidental del transecto, junto a Groenlandia, aparecen aguas claramente más frías. Son aguas relacionadas con la Corriente de Groenlandia Oriental (East Greenland Current, EGC). Esta corriente es formada por el deshielo de los grandes glaciares de la isla helada y de las placas de hielo del Polo Norte. Al tratarse de agua de deshielo, su señal es muy fría (aprox. -1.5ºC) y relativamente poco salina (aprox. 32 PSU) y representa una de las grandes vías de salida del agua del océano Ártico. Estas aguas son de gran importancia porque nos permiten realizar estudios sobre la aceleración del deshielo en la región Ártica y sus efectos en la circulación global.
Al otro lado del estrecho, junto a Islandia, encontramos una entrada de aguas más cálidas y salinas, que reciben su origen en el océano Atlántico. Estas aguas cálidas llegan transportadas hacia el norte por la Corriente de Irminger del Norte de Islandia (North Icelandic Irminger Current, NIIC), que atraviesa el Estrecho de Dinamarca por la región más oriental, transportando calor y sal hacia los mares nórdicos.

En este transecto de 200 kilómetros podemos observar grandes cambios en el ambiente, pasando de un ambiente polar a otro de influencia atlántica. El océano no es tan simple y sencillo como en los libros, donde las corrientes siguen una trayectoria rectilínea marcadas mediante flechas, se producen frentes oceánicos y recirculaciones creadas por diferentes fenómenos físicos y geológicos, entre los cuales destacan los remolinos. Los frentes son regiones de frontera entre aguas con propiedades diferentes (como las mencionadas anteriormente) y en esa región se produce mezcla entre ambas masas de agua generando una con características y propiedades diferentes. En nuestro perfil se aprecia una recirculación de entrada de una masa de agua fría sobre el kilómetro 75. Estas recirculaciones pueden verse relacionadas con eventos tan maravillosos como los remolinos, estructuras gigantescas que generan movimientos de masas de agua, y que podemos detectar gracias a imágenes satelitales y correntímetros como el ADCP (Acoustic Doppler Current Profiler).
En muy pocos kilómetros pasamos así de un ambiente claramente polar a otro de influencia atlántica. Entre ambos aparece un ‘frente oceánico’, una frontera entre aguas con propiedades muy distintas. Y, como suele ocurrir en el océano, esa frontera no es una línea recta: en nuestra sección puede verse incluso una lengua de agua fría que se introduce hacia la zona central y oriental del transecto, mostrando lo compleja y dinámica que puede ser la estructura del estrecho.
¡Pero la temperatura no fue lo único que medimos! La ‘roseta’ lleva integrada también un ‘fluorímetro’, un sensor capaz de detectar la fluorescencia emitida por la clorofila. la clorofila está presente en el fitoplancton, y por lo tanto esta medida se utiliza y nos sirve como un indicador de su abundancia o biomasa. Gracias a este instrumento, se pudo apreciar otra diferencia interesante: las aguas más frías del lado occidental (EGC) mostraron, en general, valores más elevados de clorofila, sugiriendo una mayor producción primaria de fitoplancton. En el perfil destaca especialmente la estación E18 (Km: 180), donde observamos un máximo muy marcado cerca de la superficie. Este máximo se observa de forma más tenue en la estación E07 (Km: 75), justo el punto donde la temperatura presentaba esa señal anómala. Todo va cobrando sentido y confirmando la idea de la recirculación en el estrecho…

Resulta curioso que en ambas estaciones con los máximos de fluorescencia tuvimos la inesperada visita de ballenas. ¿Casualidad? Es tentador pensar en la conexión entre el fitoplancton y la ballena. El fitoplancton constituye la base de la red alimentaria marina: alimenta al zooplancton, que este a su vez sirve de alimento a otros organismos mayores, y la energía acaba llegando hasta grandes depredadores y mamíferos marinos. No podemos afirmar que aquella ballena estuviera allí debido al máximo de clorofila que estábamos midiendo, pero la coincidencia nos recordó algo muy sencillo: en el océano, la física y la biología están estrechamente conectadas.






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