top of page

El Periplo de un Fotón: Del Sol a tu próximo Aliento

Nauzet Hernández-Hernández
Aug 25
3 min read

Mi historia comenzó hace unos 170.000 años, cuando la Tierra era un mundo muy distinto al que hoy conocemos: grandes extensiones de hielo cubrían el norte de Europa, enormes mamuts recorrían sus paisajes y los seres humanos apenas comenzaban a aventurarse fuera de África. Mi cuna es uno de los ambientes más extremos que existen: el centro del Sol. Allí, a unos 15 millones de grados y bajo una presión 250.000 veces superior a la de nuestra atmósfera, los núcleos de hidrógeno chocan, vencen la repulsión que los mantiene separados y se funden en un abrazo incandescente. Es en esa danza nuclear donde nace la energía que, después de innumerables transformaciones, acabará convirtiéndose en pequeñas motas de luz como yo: los fotones.

Anatomía de mi lugar de nacimiento, el Sol.
Anatomía de mi lugar de nacimiento, el Sol.

Pensé que mi viaje iba a ser rápido, teniendo en cuenta la inmensa energía que llevaba conmigo en mis primeros instantes de vida. Sin embargo, pronto descubrí que el interior del Sol era un laberinto: chocaba una y otra vez con electrones y núcleos, cambiaba de dirección, era absorbido y volvía a nacer como otro fotón. Así pasaron incontables interacciones mientras, muy lentamente, mi energía se abría camino hacia el exterior. Después de un larguísimo viaje, alcancé una nueva frontera donde el transporte de energía ya no dependía principalmente de mis interminables choques, sino de enormes corrientes de plasma que ascendían y descendían llevando consigo el calor del Sol. Finalmente alcancé la brillante superficie solar y, allí, por fin, encontré un camino libre.

El mármol azul. Foto: G. Cernan & R. Evans desde la nave espacial Apollo 17, 1972.
El mármol azul. Foto: G. Cernan & R. Evans desde la nave espacial Apollo 17, 1972.

Durante 8 minutos y 20 segundos, transité por una vereda fría, solitaria y oscura. En momentos eché de menos el bullicio sofocante de mi hogar, pero entonces la vi. Apareció ante mí un pequeño boliche azul, suspendido en la inmensidad negra del espacio, apenas una esfera iluminada por mi propia luz. Aquel azul captó mi atención desde el primer momento. Nunca había visto un color como aquel. Se extendía hasta donde alcanzaba mi mirada, rodeando manchas verdes y canelas que se hacían diminutas frente a la inmensidad azul.

Descendí hacia aquel inmenso océano y, por primera vez desde que había escapado del Sol, mi viaje cambió de rumbo. A medida que penetraba en sus aguas, se revelaron ante mí criaturas diminutas, casi invisibles a simple vista, flotando por millones en aquel mundo líquido. Eran el fitoplancton. Sin yo saberlo, aquellas criaturas habían estado esperando mi llegada. Cuando finalmente alcancé una de ellas, sus pigmentos me arroparon, como si supieran de mi largo viaje. Yo, en agradecimiento, les entregué mi energía. Con ella, aquella criatura tomó agua y dióxido de carbono del océano y del aire, separó sus componentes y utilizó el carbono para construir materia orgánica: moléculas que se convertirían en alimento y en el cuerpo de nuevas formas de vida. Pero no todo quedó dentro de ella. Como resultado de aquel proceso, liberó oxígeno al agua y, con el tiempo, a la atmósfera. Después de 170.000 años abriéndome camino desde las entrañas del Sol, mi viaje estaba a punto de terminar, pero mi energía no: ahora formaba parte de una criatura diminuta capaz de convertir la luz en vida. Y comprendí que aquel no era el final de mi historia, sino el comienzo de otra.

Fluorómetro de tasa de repetición rápida (LabSTAF). Foto: Markel Gómez Letona
Fluorómetro de tasa de repetición rápida (LabSTAF). Foto: Markel Gómez Letona

Permanecí en silencio, observando los datos que aparecían en la pantalla de mi fluorómetro de fluorescencia de repetición. Aquel pequeño instrumento era capaz de registrar, una y otra vez, la interacción de miles de estos periplos invisibles: fotones que llegaban hasta el océano, eran capturados por el fitoplancton y entregaban su energía para desencadenar una cadena de transformaciones que terminaría produciendo materia orgánica y liberando oxígeno. Para mí, aquello formaba parte de una medida más dentro de mi estudio sobre la producción primaria en las aguas subárticas. Pero cuanto más observaba los datos, más difícil me resultaba pensar que se trataba simplemente de números.

Detrás de cada registro había una historia que había comenzado en el corazón de una estrella, había atravesado el espacio y el tiempo, descendido hasta aquellas aguas y terminado transformándose en materia, en energía y en oxígeno. Miles de millones de estos pequeños viajes ocurrían a nuestro alrededor sin que pudiéramos verlos. Y comprendí entonces que aquello que yo medía como producción primaria era, en realidad, la última etapa de un viaje cósmico, una inmensa cadena de cambios y transformaciones que, gracias al fitoplancton, contribuye de forma decisiva al oxígeno que tú y yo respiramos.

 
 
 

Comments


Commenting on this post isn't available anymore. Contact the site owner for more info.
Logo BOC (1).png

Biological Oceanography

in a Changing Ocean

  • LinkedIn
  • X
  • bluesky-icon-white-logo-bluesky-app-editable-transparent-background-premium-social-media-d
  • Instagram

© 2026. Biological Oceanography in a Changing Ocean. IOCAG. ULPGC. All Rights Reserved.

bottom of page