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  • María Fernanda Montero

Los microbios también importan



En pleno siglo XXI, nos enfrentamos a uno de los mayores efectos del cambio global sobre la vida del planeta: la extinción anunciada de especies macroscópicas tanto vegetales como animales. Sin embargo, no somos conscientes de la pérdida de biodiversidad de los organismos microscópicos, aunque paradójicamente sustenten la existencia de las formas de vida superior en la Tierra. Los microorganismos (e.g. fitoplancton y las bacterias) constituyen no solo la base de las redes tróficas sino que al mismo tiempo desempeñan un papel fundamental en los ciclos biogeoquímicos de la biosfera. Por ejemplo, el fitoplancton fija tanto CO2 como los vegetales terrestres, contribuyendo de esta manera al secuestro y almacenamiento posterior de carbono en aguas profundas (parte de la denominada “bomba biológica”). Por ello, ante el cambio global, urge reconocer que las perturbaciones ambientales de origen antrópico afectan indiscutiblemente a la vida microbiana, y por lo tanto, al sustento de los organismos superiores, así como a los propios ecosistemas que habitan. No es de extrañar que los científicos, vengan proponiendo ahondar profundamente en el conocimiento de los microorganismos y que sean considerados en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.


Copépodo alimentándose de una paella de fitoplancton.


En esta línea de estudio figura en parte mi contribución dentro del Grupo de Oceanografía Biológica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Participar en esta primera campaña del proyecto e-Impact a bordo del Buque de Investigación “Sarmiento de Gamboa” supone sin duda un privilegio, al permitirnos también trabajar para desvelar algunos secretos de la vida microscópica de los tres remolinos que perseguimos y venimos muestreando: Nublo, Anaga y Garajonay.



Analizando las poblaciones de fitoplancton con el citómetro de flujo.


Hace unos días el registro del sensor de fluorescencia de la roseta oceanográfica nos sorprendió al marcar en el centro de Garajonay (el remolino ciclónico al sur de la Gomera) un máximo superficial de clorofila con valores de hasta 12 µg/L (nunca registrados en la región). Utilizando un citómetro de flujo provisto de análisis de imágenes apreciamos que el máximo coincidía con la presencia de abundantes diatomeas. Las estimaciones han resultado propias de aguas extremadamente productivas, similar a eventos intensos de afloramiento en la costa Africana. En los próximos días, seguiremos desarrollando el estudio a lo largo de una sección de 19 estaciones, separadas entre sí unas 6 millas, cruzando los remolinos, a partir de la información proporcionada por los datos físicos in situ (SeaSoar, CTD, XBTs, ADCP) y de teledetección. Trabajaremos para cuantificar las abundancias y conocer la biodiversidad de los microorganismos, lo que será complementado con el estudio de la biodiversidad microbiana mediante análisis de su ADN. Todo ello nos servirá para entender un poco más la relevancia de los microorganismos en los ciclos biogeoquímicos y su rápida respuesta a los cambios en la dinámica marina.


Diatomeas del remolino Garajonay.

Imágenes: Javier Arístegui


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